
Por Jorge Manrique, Rector del Colegio Jurista y director general de Gobierno de calidad, consultoría de políticas públicas
La llamada nueva masculinidad no es un eslogan: es un cambio profundo en la forma en que los hombres se relacionan con el poder, la vulnerabilidad, el liderazgo y la ética. Y en el ámbito organizacional, este giro no solo transforma culturas laborales: redefine qué significa liderar con humanidad.
Desde las universidades, trabajamos ya para establecer un cambio de paradigma que apuesta a la equidad y a mayores oportunidades de género.
Las características centrales de la nueva masculinidad son:
Las implicaciones en el ámbito organizacional son que los líderes que encarnan esta nueva masculinidad generan equipos más creativos y leales, reducen la rotación, promueven culturas psicológicamente seguras y toman decisiones más éticas y sostenibles.
Mediante la nueva masculinidad la autoridad deja de ser intimidación y se convierte en presencia confiable y mejora del clima laboral.
Cuando los hombres dejan de competir por estatus y empiezan a colaborar, disminuye el conflicto silencioso, se reduce el burnout y aumenta la comunicación honesta. La organización se vuelve un espacio más humano y menos performativo.
La nueva masculinidad también reduce las violencias normalizadas al cuestionar micromachismos, humor sexista, dinámicas de exclusión y prácticas de “hombre alfa”
Esto abre espacio para culturas más inclusivas y equitativas. También se impulsa la innovación en políticas de bienestar
Los hombres que se permiten vulnerabilidad impulsan licencias de paternidad reales, horarios flexibles, políticas de salud mental y modelos de corresponsabilidad. La empresa deja de ser un campo de batalla y se convierte en un ecosistema.
Hoy, cuando las nuevas generaciones buscan líderes auténticos, no figuras autoritarias. Una organización que abraza estas masculinidades atrae talento diverso, retiene perfiles creativos y se vuelve más competitiva culturalmente.
En suma, la nueva masculinidad no es un manual, sino un proceso de desaprendizaje. Implica que los hombres renuncien a privilegios invisibles y aprendan a habitar el poder de forma más humana. Y para las organizaciones, significa pasar de la cultura del rendimiento a la cultura del sentido.
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