
Por Ivette Estrada
Los verdugos del amor no son criaturas míticas. Son patrones relacionales que erosionan la dignidad, claridad y soberanía emocional. Identificarlos y nombrarlos es la primera parte del proceso para diluirlos.
Blindarse de este verdugo implica no interpretar el silencio como un juicio sobre el propio valor. Establecer desde el inicio expectativas de comunicación y, si alguien desaparece, no perseguir. Limitarse a observar y retirarse con dignidad.
La protección ante esta conducta es observar si la persona evita comprometerse o mantiene “amigos especiales” ambiguos. Conviene pregunta por claridad cuando se noten inconsistencias y no aceptar ser plan B disfrazado de “fluimos”.
La protección ante esto es poner atención a excusas recurrentes para no integrarte a su vida y pregunta directamente: “¿Qué lugar tengo en tu mundo?” Si todo es secreto, no es relación: es escondite.
Aquí conviene no interpretar migajas como interés y bloquear si es necesario. Recordar que quien quiso quedarse, se quedó.
Siempre se debe verificar la identidad antes de involucrarte profundamente y desconfiar de historias demasiado perfectas o inconsistentes. Jamás enviar información personal ni dinero.
Aquí subyace control, dependencia emocional, narcisismo, o necesidad de engancharte rápido.
La protección ante esto es observar si la intensidad sustituye la coherencia, poner límites a la velocidad de la relación y recordar que el amor sano no atropella, acompasa.
Aquí conviene evaluar si hay acciones o solo promesas, pregunta por claridad: “¿Qué estamos construyendo?” Si no hay movimiento, tú sí puedes moverte.
No permitir que los verdugos se acerquen implica autoconocimiento. Cuando sabes qué mereces, detectas rápido lo que no encaja y poner límites a tiempo previene conductas nocivas. Lo esencial, siempre, es mantener tu vida llena de proyectos superación, interacciones valiosas…
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